Uno de mis momentos preferidos de los años de instituto era el de limpiar mesas. La clase se paraba y dedicábamos un rato a levantarnos de la silla, ir al baño a por agua, hablar con el resto de la clase y borrar (no sin cierta pena) los dibujos de mes ara dejar aquella madera verde, limpia y brillante otra vez.

Al largo de mi época escolar he podido hacerlo decenas y decenas de veces, sin que fuera nada más que un momento de distracción para romper con la rutina de la clase. Hubo un día de primero de la ESO, sin embargo, que no olvidaré por muchos años que pasen, en el que la profesora, mientras acabábamos de mojar las mesas, nos hizo sentar con la limpieza a medio acabar.

Nos miró muy seria con un trozo de papel de WC en la mano, y moviéndolo en el aire, dijo: “Esto es el mundo. Somos 25 personas en clase y teníamos un rollo de papel para compartir y secar las mesas. Solo siete lo habéis usado, y esto es lo que queda: un trozo pequeño y arrugado para el resto. Así funciona el mundo en el que vivimos. Este papel es el mundo”.

Todo el mundo entendió que con aquel comentario no pretendía reñir a quien había gastado el papel, sino simplemente hacernos pensar. ¿Tenían la culpa las personas que todavía no habían secado su mesa de haberse quedado sin? Unas por distraídas, otras por perezosas o cansadas, otras por estar ayudando a un compañero u ordenando la clase: todo el mundo tenía un motivo por el cual “llegaba tarde” y ninguno justificaba que debieran quedarse sin lo mismo que aquellas que habían podido acabar primero. Pasado aquel momento de reflexión, la clase continuó con normalidad y por suerte (cosa que no pasa en el mundo real), pudimos ir a pedir más papel para que todo el mundo acabase la faena.

Hoy, muchos años después, recuerdo las palabras de mi profesora de literatura, de quien he olvidado prácticamente todas las cosas que me dijo fuera del aula excepto esto, y pienso que es muy probable que ella ni siquiera recuerde ese momento. Como maestra, dedicaba la mayor parte del tiempo a transmitir conocimiento y valores, como hacen todas las personas que se dedican a la educación por vocación, pero casualmente, de todas las cosas que yo podía haber recordado, recuerdo esta. Estoy segura que el resto de la clase no prestó demasiada atención a este hecho, pero guardan otros momentos que les han quedado grabados y les han ayudado como a mí (poco o mucho) a construirse y a pensar en las cosas que les rodean.

Es por eso que las personas que nos acompañan a lo largo de nuestro proceso de aprendizaje son tan determinantes: son un ejemplo, nos guían y abren los ojos, incidiendo en cada persona de una manera única y personal. Educadores, educadoras: tal vez vosotras no sois conscientes, pero hay personas por el mundo recordando vuestras palabras, imitando vuestros actos y agradeciendo que un día, por casualidad, les enseñaseis (casi sin quererlo) algo que nunca olvidarán.