¿Qué significa educar en el feminismo y por qué es tan importante hacerlo hoy en día?

En los últimos meses hemos sido testigos de un conflicto social y estructural a raíz de una simple sentencia. El caso de La Manada no ha dejado indiferente a nadie, ha trastornado todos los ámbitos y las esferas posibles como pocas veces una decisión judicial lo había hecho. Todo el mundo ha seguido el caso con interés y, mayoritariamente, con rabia. La crisis y la conmoción que ha generado este caso es el resultado de la tensión entre los convencionalismos sociales que todavía rigen las instituciones políticas, legislativas y judiciales y el actual proceso de empoderamiento femenino y feminista.

 

Se hace patente la urgencia de cambios judiciales que estén supeditados, a la vez, a replanteamientos políticos. No se trata de modificar esta sentencia, sino de despatriarcalizar las instituciones, incluso modificando la nueva política de género y también la producción de verdad de los medios de comunicación. No obstante, lo más preocupante y donde tenemos que incidir como trabajadoras y como mujeres no es en la legitimación institucional de esta violación, sino en su legitimación social.

Hace falta comenzar a llamar a los conflictos por su nombre. Esta sentencia es cultura de la violación, una cultura en la cual la violación es un problema social y cultural pero se acepta y se normaliza a causa de las actitudes sociales hacia el género, el sexo y la sexualidad. Actitudes y comportamientos enmarcados dentro de un sistema patriarcal, que relega a las mujeres a un segundo plano. Por ese motivo es tan importante hablar de feminismo y no, por ejemplo, de igualdad, ya que no son conceptos equivalentes. La igualdad toma el statu quo masculino como patrón y baremo que las mujeres tienen que conseguir y, las feministas, no queremos compartir la misma opresión que los hombres. El simple hecho de que la palabra feminista esté demonizada, juzgada y poco reconocida pone en clara evidencia la necesidad de utilizarla y normalizarla.

No es honesto hablar de igualdad o de derechos humanos porque eso supone negar un problema específico y particular del género. Es una forma de fingir que no han sido las mujeres las que se han visto excluidas a lo largo de los siglos, porque el problema no es ser humano, sino concretamente ser humano del sexo femenino. En consecuencia, es justo que la solución al problema lo reconozca.

A partir de aquí, hace falta ser conscientes del problema, pero también de cómo encarar la solución. Y la solución, como siempre, se encuentra en la educación. Debemos tener la sensibilidad y la coherencia de educar a nuestros niños y niñas partiendo de estas premisas, pero siempre desde la vertiente positiva. Hace falta transmitir ciertos valores, pero siempre desde el ejemplo y nunca desde la imposición. Es necesario dar herramientas en empoderen, pero nunca que opriman y menosprecien a los demás. Se tiene que trabajar y enfatizar en sentimientos como la empatía, la aceptación y la comprensión.

Inconscientemente, reprimimos la humanidad de nuestros niños y niñas cuando definimos la masculinidad y la feminidad en una jaula demasiado pequeña. Tenemos que empezar a plantearnos qué pasaría si a la hora de educar no nos centráramos en el género, sino en las capacidades o los intereses. Tenemos la posibilidad, pero también el deber, de cambiar y mejorar nuestra cultura; no hace falta soñar un nuevo mundo, sino más bien trabajar para arreglar éste.

 

Lara Morcillo, Educadora de Aula Oberta (+15 años)