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En estos momentos en que las realidades que sufren muchas familias y niños se agravan, administraciones públicas y entidades sociales toman un papel relevante en el poderoso reto de dar la vuelta a muchas situaciones en el menor tiempo posible.

Por esta urgencia, sin embargo, el reto se tiene que leer en clave de cooperación y de corresponsabilidad: tanto de las administraciones que disponen de mecanismos para producir cambios, como de las entidades y servicios que trabajan en los territorios como, no olvidemos, de aquellas y aquellos que serán los beneficiarios directos. 

Aquí es donde se necesita que cualquier diseño y construcción de cualquier mecanismo sea pensado, propuesto, acordado y realizado entre todos los actores implicados.

Tradicionalmente, el tercer sector ha trabajado técnicamente en el diseño de instrumentos de reconducción y reinserción de situaciones de vulnerabilidad; generalmente, se ha hecho internamente desde seno de cada una de las organizaciones y mirando desde dentro hacia los de dentro. A la vez, muchas veces se han promovido dispositivos desde una experiencia y mirada algo alejada de la realidad, de las necesidades, prioridades y vivencias de los protagonistas.

A menudo no los hemos hecho partícipes al 100% del propio proceso de definición y diseño de aquellas medidas que posteriormente disfrutarán. Seguramente, no hemos entendido que los cambios que podemos llegar a producir no pueden alienar construcciones socioculturales preexistentes en nuestras ciudades; hay patrones que cada uno y cada una de nosotros llevamos implícitos en nuestro seno por el hecho de ser de un sitio, haber crecido en un determinado entorno, pertenecer a un contexto familiar único y haber disfrutado de unas oportunidades u otras. 

Por este motivo toma especial relevancia la importancia de proyectar y construir juntos; diferentes miradas, diferentes visiones y diferentes impactos.

Pero sumando.

He aquí el arte de la participación. He aquí la arquitectura de los procesos de participación inclusivos con miradas de dentro y de fuera. 

Podemos hablar de una experiencia muy positiva, que es nueva para nuestra entidad y ampliamente recomendable: “Mirant al 20”, el proceso participativo que hemos comenzado este último curso para la definición del Plan Estratégico 2016-2020 de la entidad. Conscientes de que no es una experiencia única ni innovadora, sí es una experiencia más en el camino hacia un cambio de paradigma en nuestro sector.  

Ha participado todo aquel que ha querido y se sentido con la pertinencia y oportunidad de poderlo hacer y poner su grano de arena en un ejercicio de democracia interna, y también externa, que ha pretendido trabajar en la definición del rumbo de los proyectos y servicios que desarrolla la entidad desde hace más de 13 años. Se han habilitado a lo largo del curso diferentes espacios y canales de participación, intentando adaptar las diferentes capacidades de recepción a los distintos participantes. 

Ha sido un proceso que se ha alargado todo el curso escolar según el calendario previsto y respetando los tiempos de maduración y reflexión que el diseño de una hoja de ruta para cinco años tenía que merecer.

Construir no tiene que ser un proceso pesado ni un proceso en el que los participantes se sientan obligados i obligadas. Se tiene que partir de una voluntad y predisposición , y ésta tiene que nacer y ser alimentada. Será importante ser ingenioso para desarrollar un proceso creativo que incite y motive a la participación. Además, el hecho de escuchar a quien a menudo no se ha sentido escuchado, puede ser un ejercicio que en principio se viva con desconfianza y distancia.

 

 

 

 

Para cada uno de los diferentes grupos de interés que hemos querido que participasen hemos diseñado un espacio de participación diferente (también de tiempo y metodología). Muchas veces, por la carga de trabajo que tienen los profesionales técnicos y por la poca costumbre que todavía tienen de participación muchos niños, jóvenes y familias que han participado, se han aprovechado ocasiones ya marcadas en la agenda de la entidad. Un punto más del orden del día.

Se tenía que poner en alza aquello que un día rubricamos que nos comprometíamos a llevar en nuestro viaje para siempre: ser transparentes y gestionar la complejidad. Estos dos valores tenían que tomar protagonismo en el diseño y ejecución de la hoja de ruta de la entidad. Por un lado, poner paredes de cristal en el proceso y compromiso en el respeto a todas las propuestas que surgieran, con el convencimiento de que nuestro trabajo no puede ser fruto de las ideas y valoraciones de un equipo técnico únicamente, sino que la entidad tiene que enmarcar un dibujo trazado por muchas influencias, necesidades, miradas y percepciones, haciendo participar a toda aquella gente que tiene algún tipo de relación. Y por otro lado, entender la diversidad del contexto de las necesidades y recoger las voluntades multifactoriales para decidir entre todas y todos el esqueleto del plan de turo. Gestionar la complejidad es siempre un reto. Debatir, proponer y elegir desde la diversidad ha de ser un compromiso inherente a futuros espacios de participación en el tercer sector.

Acompañar para una ciudadanía activa y comprometida es en fin básico por el que el tercer sector crea sinergias y construye dispositivos para afrontar la vulnerabilidad de ciertos territorios, colectivos y familias. Proveer de más recursos es un mínimo básico por el que tenemos que seguir trabajando, pero hacerlo juntos tiene que ser un condicionante cada vez más extendido e imperante en todas las políticas sociales. La participación de profesionales, servicios con los que se relacionan y personas o colectivos beneficiarios (o receptores, como mejor nos identifiquemos) tiene que ser ya un imprescindible de nuestras dinámicas internas del presente y del futuro.


Ignasi Sagalés Borràs,  

Director de AEIRaval
(Este artículo fue publicado en Social.cat en agosto de 2016).